Cómo hacer un jardín de hadas
Crea un mundo mágico en miniatura con plantas, decoraciones y casitas de hadas diminutas en un recipiente o espacio exterior.
- Elige el hogar de tu jardín de hadas. Elige un recipiente que tenga al menos 15 cm de ancho y 10 cm de profundidad. Una maceta ancha y poco profunda funciona mejor para que tengas espacio para organizar todo. Asegúrate de que tenga agujeros en el fondo para que el agua pueda drenar, o pide ayuda a un adulto para hacerlos.
- Crea la capa base. Coloca una fina capa de guijarros pequeños o grava en el fondo de tu recipiente, de aproximadamente 1 cm de profundidad. Esto ayuda a que el agua drene correctamente para que tus plantas se mantengan sanas.
- Añade la tierra. Llena tu recipiente hasta la mitad con tierra para macetas. Usa tus manos o una cuchara pequeña para extenderla uniformemente. Deja algo de espacio en la parte superior para poder añadir decoraciones más tarde.
- Planifica tu mundo de hadas. Antes de plantar, coloca tus plantas y decoraciones sobre la tierra para ver cómo queda todo junto. Piensa en dónde podrían querer sentarse, caminar o vivir las hadas en tu jardín.
- Planta tu mini jardín. Saca con cuidado tus plantas de sus macetas pequeñas y colócalas en la tierra. Haz pequeños agujeros con los dedos y esconde las raíces, luego presiona suavemente la tierra a su alrededor. Separa las plantas para que tengan espacio para crecer.
- Añade decoraciones de hadas. ¡Ahora viene la parte divertida! Coloca tus casitas diminutas, muebles y otras decoraciones alrededor de las plantas. Puedes hacer pequeños senderos con piedras pequeñas, crear un estanque con una tapa de botella o añadir pequeños bancos para que las hadas descansen.
- Termina con toques especiales. Espolvorea un poco de arena para hacer senderos, añade algunas rocas o conchas interesantes, y quizás incluye un pequeño espejo para un estanque de hadas. Da un paso atrás y mira si tu jardín de hadas se siente mágico y completo.
- Dale la primera bebida. Usa una botella rociadora para rociar suavemente la tierra y las plantas hasta que la tierra se sienta húmeda pero no empapada. El agua debe absorberse, no formar charcos en la superficie.